La Segunda Revolución Liberal
La victoria del candidato opositor Viktor Yushenko en las elecciones presidenciales Ucranianas, ya completamente confirmada y avalada por la OSCE, demuestra la firme voluntad del gran paÃs eslavo, otrora situado bajo la férula de hierro del comunismo soviético, por alejarse de su tenebroso pasado y plantearse un futuro de esperanzas con un giro radical hacia la libertad. Yushenko ha sido capaz de sobreponerse a unas elecciones manipuladas por su oponente polÃtico e incluso a un intento de asesinato con veneno que le ha desfigurado por completo, todo ello en la lÃnea de actuación de las mafias en que todo el viejo aparatchik comunista parece haberse transformado. Ahora, la pacÃfica revolución de los ciudadanos (la marea naranja, por el color representativo del partido opositor) ha terminado por destapar el fraude de los nostálgicos del Partido Único y ha llevado en volandas hasta el poder al legÃtimo vencedor de los comicios, como ya sucediese hace apenas un año en la cercana Georgia, donde la denominada revolución de la rosa deslegitimó la manipulada victoria electoral de Shevarnadsze y aupó a la Presidencia al aperturista y liberal Saakashvili.
El caso Yushenko está ahora en todas las portadas, atrayendo la atención del mundo sobre Ucrania; sin embargo, Yushenko lo tiene aún todo por demostrar. En todo caso, puede considerarse que la victoria del lÃder ucraniano es la última manifestación de una verdadera revolución operada, sintomáticamente, en los paÃses que componÃan el antiguo orbe soviético, revolución que se caracteriza por la adopción de un modelo de sociedad abierta basada en la democracia como forma de organización polÃtica y en el liberalismo como conjunto de principios inspiradores de la acción económica.
En términos históricos y polÃticos, bien podemos denominar a este vasto movimiento como la Segunda Revolución Liberal, fuertemente tributaria de la que podrÃamos calificar como la Primera, promovida por las administraciones americana y británica bajo los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los años 80. Tributaria porque el impulso y razón históricos de esta nueva revolución proceden del hundimiento del comunismo soviético, ocurrido gracias a la acción polÃtica de Reagan y Thatcher; y porque su inspiración teórica se encuentra también en los programas de gobierno y, sobre todo, en la visión económica de tan ilustres predecesores, de quienes muchos gobernantes de la Nueva Europa surgida del Bloque Este se confiesan devotos, como es el caso de Vaclav Klaus, Presidente de la República Checa y defensor a ultranza del Liberalismo ortodoxo de Friedman y Hayek.
Y es que no es, evidentemente, en Georgia, con la cual se le ha comparado (salvedad hecha de las obvias diferencias en población e importancia) por la semejante naturaleza de sus respectivos procesos de desvinculación de Rusia, donde Ucrania debe mirarse, sino que ambos tienen como referentes privilegiados a los paÃses que les antecedieron. Ya desde que se produjese la descomposición interna de la tiranÃa soviética, paÃses como HungrÃa, Polonia, Chequia, Eslovaquia o las repúblicas del Báltico se decidieron por el modelo liberal como receta para abandonar la crisis económica sempiterna en que el comunismo les habÃa tenido sumidos.
Los resultados han sido sorprendentes y, en algunos casos, puede hablarse de verdaderos “milagros económicos�, con crecimientos del PIB situados de forma consistente por encima del 3% (o, como en el caso de Polonia, por encima del 4%) inflaciones controladas y tasas de paro con frecuencia inferiores al 10%.
Sin embargo, detrás de estas cifras no se oculta ningún milagro, sino simple sentido común. La fiscalidad en estos paÃses es de las más simples y bajas de toda Europa y además el proceso seguido en los últimos años ha consistido en su progresiva reducción, hasta el punto que, en paÃses como Eslovaquia, el tramo único de IRPF, IVA e IS se sitúa en el 19%. Por otra parte, después de un acelerado proceso de privatizaciones, el peso del sector público en la economÃa ha pasado a ser de los más reducidos, con casos, como el de HungrÃa, donde el sector público no alcanza siquiera el 20% del PIB. Todo ello unido a la rápida estabilización institucional en la mayor parte de los casos ha favorecido la llegada de capitales extranjeros, atraÃdos por el bajo costo relativo del trabajo y por la buena cualificación de la mano de obra. Fruto de este proceso, que se ha desarrollado apenas en los últimos 12 años, Polonia, HungrÃa o los paÃses bálticos han superado en prosperidad económica y en atractivo para los inversores a muchos otros como Brasil o Argentina los cuales, pese a contar con situaciones de partida bastante más halagüeñas, han quedado anclados en recetas equivocadamente estatistas y anticapitalistas. Basta echar un vistazo a alguno de los cuadros estadÃsticos sobre libertad económica que elaboran los centros de análisis para comprobar cómo el cÃrculo virtuoso del crecimiento de estos paÃses ha tenido su origen en la firme voluntad de sus gobiernos por abrir sus economÃas al exterior y por dotar a la sociedad civil del mando de las operaciones.
Contrariamente a lo que puede decirse del socialismo, donde la concepción ideal y la ejecutoria real son siempre absolutamente divergentes y donde nunca se han podido constatar empÃricamente sus pretendidas virtudes, el Liberalismo es un modelo de éxito que ayuda a las sociedades a mejorar en calidad de vida, en oportunidades de futuro y en prosperidad material. No resulta nada sorprendente que haya sido en los escenarios de la todavÃa reciente tiranÃa comunista donde haya surgido con fuerza el núcleo de la Segunda Revolución Liberal: harto han experimentado esos paÃses en sus propias carnes el fracaso de la pretendida utopÃa colectivista. Algo más difÃcil de comprender es que en la Vieja Europa se flirtee sin disimulo con el estatismo más rancio, a pesar de que, por esta causa, los dos grandes paÃses de la Unión se hayan colocado en el camino del estancamiento, cuando no de la simple y pura recesión.
Posted on Martes, Diciembre 28 2004
Author: Freelance
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