Los dÃas perdidos
El relato que sigue no es mÃo: es de mi admirado Dino Buzzati. El libro en el que figura, y cuyo tÃtulo no recuerdo, se lo presté un dÃa a algún conocido, sin retorno en tanto tiempo que ya desespero de recuperarlo. Este cuentecito me ha perseguido con tesonera insistencia desde hace años. Transcribo aquà las memorias que guardo de él, a modo de ingenuo exorcismo. Y también de homenaje.
Ya era la hora anterior al alba cuando el camión se detuvo junto a un barranco bastante escarpado, y el operario saltó fuera de la cabina, abrió el camión y comenzó a arrojar metódicamente las cajas al fondo del barranco. Ernst detuvo el coche a pocos metros y comprobó que en el fondo del barranco se apilaban, en desorden, cientos de cajas todas iguales.
- ¡Espere! -, gritó Ernst al operario, que ya casi habÃa vaciado el camión -. ¿Qué significa todo esto? Le he visto sacar esas cajas de mi casa ¿Qué hay dentro?
El operario, sin abandonar su labor, respondió:
- ¿No lo sabes? Son los dÃas.
Ernst no comprendió las palabras del operario.
- Son los dÃas -, repitió éste, impertérrito.
Ernst se aventuró por la empinada ladera del barranco y llegó, no sin apuros, hasta las primeras cajas diseminadas. Abrió la primera: en ella vio a su hermano Josué en la cama de un hospital, solo, y con aspecto de profundo abatimiento, pero él no tenÃa tiempo de ir a verle. Abrió otra, al azar; pudo ver la vieja casa del Abruzzo y a Duk, el fiel mastÃn, ya pura piel y huesos, amarrado a la verja, esperándole; pero él nunca tenÃa tiempo de ir a la vieja casa. En la tercera caja encontró una calle lluviosa, una tarde de otoño, y a Chiara que se marchaba llorando, y él ni siquiera le pedÃa que volviese.
Ernst miró hacia arriba, y vio la silueta del operario que se recortaba en la cresta del barranco contra el cielo rojizo, erguida y oscura, como la de un justiciero.
- Escúcheme. Déjeme llevarme esos tres dÃas. Sólo esos. Le pagaré lo que me pida, soy un hombre muy rico.
El operario no respondió, y se limitó a mirar hacia arriba, haciendo un gesto, como señalando un punto indefinible o como si quisiera decir que ya era demasiado tarde. En un momento, mientras el sol se alzaba, desapareció, pareció hacerse traslúcido, disolverse en el aire, y con él desaparecieron el camión y todas las cajas, y Ernst se quedó solo en el fondo del barranco.
Posted on Viernes, Mayo 27 2005
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