Liberales ¿fascistas? Un gran artículo de Oliver Laufer
Siguiendo con el debate montado entorno al artículo titulado Tutti Fascisti! publicado en FC hace unos días, leemos en Laissez Faire un soberbio y documentadísimo artículo de Oliver Laufer en relación con el mismo asunto.
Decía Mark Twain aquello de “qué escritor más listo, piensa lo mismo que yo”. La sentencia, que es sólo en parte humorística, resulta muy de aplicación al caso presente, con la salvedad que yo puedo pensar lo mismo que Oliver, pero difícilmente lo expresaría con tan lúcida contundencia. El artículo de Oliver desmonta, con datos históricos y fuentes inatacables, la estrategia que yo denunciaba en mi artículo anterior, esa por la cual las izquierdas pretenden hacer pasar a todo el que se les opone como un fascista, estableciendo la perversa premisa previa de que el fascismo y la izquierda son realidades diametralmente opuestas en el mundo de la política.
Los socialistas siempre tendrán encima el peso de su historia y sus cien millones de muertos, los fascistas tendrán también el peso de su historia, con sus sesenta millones de muertos. Mientras que los liberales fueron quienes acabaron con ambos regímenes. Porque un par de años antes de que cinco mil niños americanos se suicidaran en las playas de Normandía para salvar a Francia, Stalin y Hitler firmaban un tratado de paz. Derrotamos al socialismo y al fascismo, y somos llamados comunistas y fascistas a conveniencia. Somos la principal víctima de la guerra entre dos hermanos gemelos. Los extremos se tocan, y muchas veces mueren juntos. Pero esos extremos tienen en sus manos al arma más peligrosa de todas: la mentira. Y en ella se basa su balbuceo demagógico.
Por cierto que, para quien le interese mínimamente, el debate con Enrique Castro lo remató el propio Enrique con una especie de pataleta infantil titulada Haciendo “amigos” donde, procediendo como un muchacho de ocho años, se limita a reiterar su acusación recurrente (¡fascista, cuatroojos!) sin documentarla, probarla o mínimamente sustentarla con hechos de alguna índole. Como ya se le contestó sobradamente desde otros lugares (impagable la frase “eres más mendrugo que pellizcar cristales”), yo me inclino por el non bis in idem, por aquello de no dar más importancia a quien no la tiene en absoluto.
Lo dicho; prescindamos de la anécdota y quedémonos con la categoría. En ese terreno, el artículo de Oliver imparte un solemne y necesario magisterio.
Posted on Martes, Octubre 11 2005
Author: Freelance
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¡Anda! Uno se reincorpora a la lectura de los blogs habituales y se encuentra con un montón de discusiones interesantes que se ha perdido…
Antes que nada: felicidades por el primer aniversario. Y que cumpla muchos más.
Si se acuerda de mí y de aquellas cañas que le debo, recordará que será difícil que estemos de acuerdo en algo, pero en el tema de este post le doy toda la razón. La verdad es que los insultos cansan incluso a quien no los sufre. Es decir, cuando uno espera una discusión racional y razonable y se encuentra con “tú eres un fascista”, etc… pues dan ganas de correr a gorrazos al energúmeno en cuestión.
Sin embargo, en cuanto a quién ganó la Segunda Guerra Mundial, me parece que el artículo que cita infravalora la aportación soviética en ese sentido. Es muy fácil decir “Stalin pactó con Hitler” sin recordar que a quienes acudió primero fue a Francia e Inglaterra para frenar a Hitler oponiéndole una alianza de potencias. Sin embargo, Francia e Inglaterra no quisieron llegar a ningún acuerdo, de modo que la única vía para la URSS era la del apaciguamiento con Alemania… la misma que seguían Francia e Inglaterra. Lo digo porque una afirmación del tipo “EE.UU. ganó la guerra y salvó a Francia en nombre de la libertad” no resulta muy acertada, al menos en mi opinión.
Y todo esto no quita para que la URSS fuese, efectivamente, un régimen monstruoso, asesino y totalitario. Que luego a uno lo acusan de lo que lo acusan. Y maldita la gracia que me hace.
Y por último, comentando también el artículo que cita: ¿la mentira es patrimonio exclusivo de “los extremos”? ¿Ningún liberal miente? Es una afirmación arriesgada, a mi juicio.
Un saludo,
Mercator.
Mercator, bienvenido de nuevo y gracias. Como siempre, tu comentario es enriquecedor y provocativo en el buen sentido, es decir, provoca a la reflexión y al aprendizaje.
Empiezo por el final: claro que los liberales mienten, como bellacos. Ser mentiroso es un atributo (un vicio, en este caso) de los individuos, como cualquier característica moral. Pero el liberalismo como corriente de pensamiento y actuación no se basa en la mentira, es más, creo que hace profesión de fe de un empirismo que, por fuerza, le empuja hacia una especie de inevitable honestidad intelectual. El liberalismo se basa, de modo muy preeminente, en la observación de la realidad (económica, antropológica, histórica, social) a partir de la cual obtiene determinadas conclusiones. Una ideología, sin embargo (entendiendo como ideología un conjunto de presupuestos apriorísticos que deben aplicarse para conseguir unos fines), conduce de forma casi indefectible hacia la mentira, salvo que la ideología sea perfecta, cosa que no ha sucedido jamás. En efecto, así como en una corriente empírica los principios derivan de los hechos, en una ideología los hechos deben acomodarse a los principios, por lo que la tentación de falsear los hechos, digamos, “rebeldes” se hace demasiado fuerte.
Por lo que se refiere a la II Guerra Mundial y a los movimientos estratégicos de unos y otros, hay como para escribir los 6 tomos de la “II World War” de Churchill y Keegan, y no es plan, pero básicamente me reafirmo en lo dicho. Es obvio que la URSS se resistió a la invasión alemana, pero lo cierto es que las afinidades ideológicas y de acción política entre el Reich y el Soviet fueron notables hasta que Hitler, incomprensiblemente, rompió el tratado de paz. La URSS acudió a Francia e Inglaterra buscando una alianza imposible, igual que el Reich también acudió a Inglaterra, antes de la guerra, para proponer una alianza semejante (también imposible. De hecho, siguió intentando dicha alianza incluso durante la guerra, y así hay que entender la extraña embajada de Rudolf Hess). Y eran imposibles porque ambas potencias pretendían lo mismo: extender un régimen tiránico fuera de sus fronteras, fruto de su afán imperialista.
Un ejemplo de lo que digo es la actitud soviética en relación con Asia, y es de hecho una de las explicaciones por las que EE.UU. arrojó la segunda bomba atómica. Cuando parecía evidente que Japón iba a perder la guerra del Pacífico, la URSS declaró la guerra a Japón (cosa que no había hecho en toda la contienda) y penetró con rapidez en China, desalojando a los Japoneses e imponiendo su propio predominio. Los americanos se vieron en la necesidad de acelerar el final de la guerra para poder contrarrestar los efectos de la invasión soviética. Fruto de aquellos movimientos, hoy Japón es una democracia moderna y próspera mientras que China se debate aún en medio de una tiranía.
Esto es lo que tiene tratar de explicar cosas muy complejas en seis renglones, no seis tomos. Seguramente el amigo Cromwell, de Etimologías, nos sería de mucha ayuda en esta materia de elucidación histórica.
Estoy con Mercator en lo de la importancia de la URSS en la derrota militar del nazismo. Pero hay una diferencia que considero capital en el papel de la URSS y de los USA en la guerra, al margen de la contribución material de cada uno: los países liberados gracias a los USA establecieron regímenes democráticos, mientras que los que “se adjudicaron” a la URSS, más que ser liberados pasaron de un régimen totalitario a otro… y todavía arrastran las consecuencias en lo que a su nivel de vida se refiere.
Cierto, dagwood. Creo que fue por la conmemoración del Día-D que leí un artículo en el que se hablaba los últimos meses de guerra y se hacía mención a “ciudades liberadas por el ejército soviético”. Lo primero que pensé fue “¿¡¿¡Liberadas!?!?”. Habría que hacer un uso muy amplio del concepto para que llegase siquiera a entrar con calzador…
Freelance, es cierto que todos, individualmente considerados, mentimos en alguna ocasión. En cuanto a que el liberalismo no se basa en una mentira, lo sé: yo diría que se basa en una serie de principios (diferente según a qué rama del liberalismo nos refiramos) y en la aplicación sistemática de los mismos a la observación de la realidad. No es una descripción exhaustiva, desde luego, pero me parece más completa que decir que se basa “de modo muy preeminente, en la observación de la realidad (económica, antropológica, histórica, social) a partir de la cual obtiene determinadas conclusiones.” ¿Por qué? Por un lado, porque de la observación de la realidad también se pueden extraer conclusiones válidas que no son liberales. Y esto se explica por la importancia de los principios asumidos a priori en el condicionamiento de la observación. Es lo que se llama “sesgo cognitivo” y que puede traducirse, más o menos, como que cada uno ve lo que quiere ver. O de una manera menos bruta, que tenemos tendencia a interpretar los datos de forma que verifiquen lo que creemos de antemano. Esto no es exclusivo de ninguna ideología, sino que es común a todos nosotros, en mayor o menor grado.
Por otra parte, no creo que ninguna ideología se base, conscientemente, en una mentira. Sería el colmo de la mala fe. Pero volvemos a encontrarnos con el problema de los principios que cada uno asume y su correspondiente sesgo cognitivo. Así, no vale hablar de corriente empírica (en mi opinión), porque además lo primero que trata de demostrar cualquier ideología es… que no es una ideología, sino un conocimiento verdadero de la realidad.
En cuanto a la necesidad de falsear los hechos para que se adapten a la ideología propia, tiene usted razón en que es una actitud muy extendida en aquellos que asumen una ideología como “pack básico” de cuatro ideas generales con las que explicar todo. Como la realidad es demasiado compleja para ajustarse a tales ideas generales, sólo queda deformar la realidad… o llamar “fascista” a quien lo cuestione.
Sin embargo, yo apostaría por denominar “ideología” a las asunciones a priori que cada uno hace, independientemente de si dichas asunciones lo conducen a ser liberal, conservador, izquierdista o del Madrid. La pésima actitud de querer falsear la realidad cuando nos desmiente habría que encuadrarla en otro ámbito. La mala fe, quizás.
En cuanto al esclarecimiento sobre la Historia de la Segunda Guerra Mundial, será en cualquier caso bienvenido.
Un saludo,
Mercator.
Yo sigo enamorado de este párrafo de Horacio Vázquez-Rial:
http://revista.libertaddigital.com/articulo.php/1276229914
Horacio Vázquez-Rial: El liberalismo conservador de hoy tiene precedentes, pero no deudas históricas. No ha colaborado con los fascismos ni con el comunismo, ni con ninguna de las dictaduras del siglo XX, no ha sido antisemita ni represivo en los escasos períodos en que ha gobernado. Pero ha sido percibido como un peligro para lo que Felipe González, sin rubor, llama “el régimen”. Puede y debe participar en la batalla de la propaganda, hasta ahora perdida, haciendo pedagogía.
Saludos.