Derecho a vivir.
A la atención de Javier Maqueda
Diputado por el PNV.
Muy Sr. Mío.
Me dirijo a Ud. después de haber leído en diferentes medios de comunicación sus declaraciones o, por mejor decir, graznidos, proferidos en cierto Congreso del Partido Socialista de Mallorca. Según lo que he podido leer, afirmó usted, entre las cerradas ovaciones de los asistentes, que «El que no se sienta nacionalista ni quiera a lo suyo no tiene derecho a vivir».
Yo no me siento nacionalista. Es más, no soy nacionalista y creo que el nacionalismo es, en sí mismo, una perversión. Y, si bien es cierto que, como usted dice, quiero a lo mío, es a condición de señalar que, con toda seguridad, cuando digo lo mío me refiero a muy distintas cosas de aquellas en las que usted estaba pensando al hablar de lo suyo. Teniendo todo esto en cuenta, y aplicándome su afirmación en su llana y brutal sencillez, deduzco que no me reconoce Ud. derecho a vivir.
Yo, pese al inmenso desprecio que me merecen usted, su partido, sus seguidores y su forma de pensar, no tengo más remedio que devolverle bien por mal: yo sí le reconozco a usted el derecho a la vida. Se lo reconozco porque yo profeso una manera de pensar, la Modernidad, que desplazó hace ya más de 200 años a la forma de pensar que usted gasta, y que implica de modo irrenunciable el respeto por la vida y la libertad de todos los hombres, que somos creados iguales, como supremos valores de cualquier ordenamiento y de cualquier programa de actuación política.
Pero que yo le reconozca su derecho a vivir, aun cuando usted me lo niega a mí; y que le reconozca la libertad de producirse en los términos que mejor le parezcan, aun cuando es evidente que usted no me reconoce a mí idéntico derecho, no me impide manifestarle aquí lo que pienso de usted y de quienes como usted piensan. Usted, señor Maqueda, y los suyos, son unos hijos de la gran puta. Que conste que lo digo sin ánimo de faltar a su madre aunque, comprobación hecha del producto de la educación que les dio a sus hijos, tampoco tengo muchas esperanzas puestas en su calidad humana. Además es usted, y quienes como usted piensan, y quienes le aplauden cuando profiere sus destemplados vagidos, unos miserables que no han servido nunca más que como lastre de nuestra civilización y como causantes de los más terribles episodios de la historia de nuestra especie, siempre en el nombre de su insana fe nacionalista por la cual la vida de las personas es menos valiosa que esas entelequias holistas de las cuales ustedes quieren constituirse en oráculos y custodios: la tierra, la raza, la esencia.
Nacionalistas fueron quienes causaron, en el pasado siglo, las dos más espantosas confrontaciones bélicas que jamás hayan sido, y fue en defensa de las ideas que usted profesa, es decir, la negación del derecho a la vida de los otros, que se han emprendido las mayores agresiones a la humanidad que se recuerden. Los horrores del nazismo, lo mismo que los horrores del marxismo (tenebrosos lados de una misma moneda) son simples manifestaciones de esa idea central que usted, con tan descarnada simpleza, estableció en su discurso, ante el entusiasmo de sus ignorantes y fanatizados oyentes: que algunas personas, por razón de aquello que pensamos, no somos acreedores a la vida que, como hecho natural, disfrutamos y merecemos todos.
Sus aliados y compañeros de militancia enterrarán ahora sus palabras en un aluvión de justificaciones y de desmentidos y tratarán de convencernos, en estos tiempos de corrección política, de que sus manifestaciones no han sido más que un pequeño exceso provocado por el calor del momento, apenas una anécdota sin importancia. Pero usted y yo sabemos que eso no es así, señor Maqueda. Lejos de ser la anécdota, sus palabras o, por mejor decir, mugidos del pasado domingo constituyen la categoría, la única idea-fuerza que anima el horror nacionalista que ha conducido a cientos de millones de personas a los campos de exterminio y ha arrancado a casi mil, en la reciente historia de España, del amor de sus familias, ante la complicidad y comprensión, ahora de verdad por fin expresas, de la mala gente de su partido. Usted y yo sabemos que todo nacionalismo empieza y termina y, en fin, se resume en la afirmación que usted perpetró el domingo ante el alborozo de sus espectadores, gente iletrada, estúpida y sectaria: que quienes no pensamos como usted no tenemos derecho a vivir.
Para desgracia suya y de los suyos, no todos somos como los gilipollas que le aplaudían el domingo y hemos aprendido la lección de la ética tanto como la lección de la historia. Por eso precisamente vivimos bajo la amenaza permanente de que la gente que piensa lo mismo que usted nos encaje, una mañana, un tiro en la cabeza, o nos cuelgue una bomba en los bajos del coche: porque, según ustedes, no tenemos derecho a vivir.
Pero no van a poder matarnos a todos. Ni van a hacernos callar.
Posted on Miércoles, Mayo 31 2006
Author: Freelance
Filed under: Antipropaganda, Nacional
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hijos de la gran puta. Que conste que lo digo sin ánimo de faltar a su madre aunque, comprobación hecha del producto de la educación que les dio a sus hijos, tampoco tengo muchas esperanzas puestas en su calidad humana. Además es usted, y quienes como usted piensan, y quienes le aplauden cuando profiere sus destemplados vagidos, unos miserables que no han servido nunca más que como lastre de nuestra civilización y como causantes de los más terribles episodios de la historia de nuestra