El detector de sentimientos.
Fue Villiers De L’Isle-Adam quien, en uno de sus góticos y decadentes relatos, inventó el “aparato para el análisis clínico del último suspiro”[1], ingenio literario de bello propósito pero, ay, imposible recreación material. Por suerte o por desgracia seguiremos los hombres sin saber a qué o a quién dedican nuestros seres queridos su último aliento en trance de entregarlo, y hasta es posible que esa imposibilidad nos ahorre no pocos disgustos y decepciones.
Si no el aparato para analizar el último suspiro, los políticos españoles creen haber descubierto el detector de sentimientos, concretamente de los sentimientos de los ciudadanos. Uno de los políticos que con más frecuencia y delectación usa de dicho ingenio es Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la villa y corte. No deja pasar ocasión para justificar sus actuaciones de gobierno en los sentimientos de los ciudadanos, que sin duda él percibe por medio del artefacto.
Ayer tuvimos ocasión de comprobar el magnífico funcionamiento de la máquina, concretamente durante la intervención del regidor de la capital que tuvo lugar con motivo del completo desalojo de cierto poblado chabolista (aunque ahora a la tradicional chabola se le llama, por consenso irrompible de políticos y periodistas, infravivienda), iniciativa pública que ha costado a los madrileños, por lo que se ve, un pico de unos 30 millones de euros.
La tecnología del Alcalde, aplicada a justificar tamaño dispendio, ha encontrado que “en el sentir de los madrileños no está el tolerar que, junto a la riqueza y la prosperidad que han sido capaces de generar estos últimos años, convivan la pobreza, la marginalidad y la exclusión social”. Por ello, y no por otra razón, el Alcalde y la Presidenta de la Comunidad (que supongo yo que también tiene su propio detector) han tomado nuestros 30 millones de euros para gastárselos en casas para los realojados y en abundantes medidas de eso que se llama inserción social. Es decir, Don Alberto ha seguido el mandato de los sensibles madrileños, leído en los relojes e indicadores de su maravilloso e infalible sentimentómetro. Yo, que no dispongo de tan avanzada tecnología, me conformo con analizar lo que me dicen mis pobres sentidos y he de decir que ninguno de los muchos madrileños que he consultado me ha confesado un especial interés por colaborar con tan probas iniciativas; a lo sumo, a algunos que viven un poco estrechamente a causa de sus abultadas hipotecas, les han parecido más que nada una burla y un robo. Ay de mí, que sin detector ni nada estoy a merced de los errores de mi pobre percepción humana.
En estas Navidades, voy a pedir a los Reyes Magos que me hagan llegar desde el lejano Oriente un detector de embustes para orientar sus sensores hacia nuestros políticos. Estoy seguro que se le acabarán las pilas en seguida. Putos juguetes japoneses.
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1. Puede encontrarse este relato en el hermoso libro Cuentos Crueles, que está en español, creo que en Alianza Editorial.
Posted on Martes, Diciembre 11 2007
Author: Freelance
Filed under: Nacional, Política general
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