Debate sobre derechos de los homosexuales - Resumen.
El otro día avisaba en estas mismas páginas del debate organizado por la Asociación Arcopoli sobre los derechos del colectivo homosexual o, en la terminología al uso, derechos LGTB, debate al que, por la intermediación de Alejandro Campoy, los organizadores tuvieron la amabilidad de invitarme.
Tal como estaba previsto, el debate tuvo lugar el pasado martes en el Salón de Actos de la Escuela Superior de Arquitectura de la Politécnica en Madrid. No me extenderé en explicar aquí el desarrollo del acto, porque para eso Arcópoli ha colgado un extenso y preciso resumen en su página web. Sí querría hacer un par de comentarios personales.
El primero, que da gusto comprobar cómo siguen existiendo personas jóvenes que trabajan por aquello que consideran justo y adecuado, sea ésto lo que sea, promoviendo el debate de ideas y utilizando instrumentos intelectuales. En estos tiempos en los que harto comprobamos cómo se utiliza a muchos jóvenes como avanzadilla de la coacción y la violencia contra el adversario, es muy reconfortante y satisfactorio encontrarse con el ejemplo de jóvenes como los que integran Arcópoli, especialmente Rubén López, el organizador del evento, que derrochó trabajo, profesionalidad, apertura de miras y simpatía.
El segundo, que el debate, seguramente por la inspiración original de sus organizadores, se mantuvo siempre dentro de los límites de la confrontación racional de ideas. Si acaso, como era esperable a priori, el único participante que cayó un poco menos en el análisis y un poco más en la consigna fue el redactor de El Plural allí presente, José María Garrido, que personalmente me pareció una persona muy agradable pero al que le tocó desempeñar un papel un poco más desairado por las obvias servidumbres que arrastra su medio de comunicación. Podría pensarse que, en lado opuesto, Luis Margol iba a tener un problema semejante, pero nada más lejos de la realidad; Luis acreditó una vez más su independencia y el poco caso que le hace a las servidumbres del medio de comunicación con el que colabora o cualesquiera otras.
Entrando en la materia del debate, creo que las personas que concurrimos allí por el lado, para entendernos, “de derechas”, hicimos hincapié en una idea que está en el núcleo de la cosmovisión liberal de la sociedad, es decir, que no existen derechos de los homosexuales, como no existen derechos de los altos, de las mujeres, de los empleados de banca o de los hotentotes; existen los derechos humanos, porque en una concepción moderna de la sociedad, los derechos se caracterizan por su universalidad y su simetría, y cualquier orden jurisdiccional ha de preocuparse de garantizar dichas universalidad y simetría y reprimir cualquier intento por vulnerarlas. El maestro Carlos Rodríguez Braun protestaba una vez por una interpelación que le hicieron según la cual los liberales queríamos hasta eliminar los semáforos de las calles. “Muy al contrario”, manifestó el gran economista, “las normas de tráfico son del tipo de norma que nos gusta a los liberales precisamente. Cuando la luz se pone roja te tienes que parar, da igual si eres homosexual, mujer, de la raza cobriza o funcionario público”. Ignoro si conseguimos trasladar esa idea con eficacia a los asistentes, idea que pertenece al centro cordial de la Modernidad.
Siendo así, nada tiene de extraño que el debate, por momentos, derivase hacia planteamientos mucho más genéricos. A veces se puso de manifiesto que el debate no es tanto determinar si el Estado debe reconocer el matrimonio entre homosexuales, sino más bien si debe reconocer matrimonio alguno o ese ha de ser asunto de la voluntad de las partes por medio de contratos de capitulaciones privados; que no es tanto saber si el Estado debe promover asignaturas que formen en ciertos valores a los niños sino más bien saber si el Estado debe ocuparse de la educación en modo alguno o habría que devolver esa tarea a la iniciativa privada y al derecho de los padres; que, en fin, no es tanto decidir si la sanidad pública ha de ocuparse de las operaciones de cambio de sexo sino más bien replantearse si debe existir una sanidad pública. Aunque tamaño debate habría requerido, no una sesión de unas horas, sino varios meses de debates, estoy seguro de que algunos de los asistentes se marcharon del Salón de Actos con ideas nuevas y ciertamente desafiantes rondándoles por la cabeza.
Quiero una vez más agradecer a Arcópoli su acierto al organizar ese debate, su deferencia al invitarme y la oportunidad que han suscitado para introducir nuevas ideas en el tráfico intelectual de nuestro país, tan necesitado de ellas y tan sobrado de dogmatismos, de banderías y de consignas.
Posted on Viernes, Marzo 7 2008
Author: Freelance
Filed under: Cultura, Derecho, Pensamiento
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