Tapón
Tapón fue el regalo más bonito que los Reyes Magos les hicieron a mis hijos estas navidades pasadas. Yo mismo fui a recogerlo a la pajarería, la tarde del 5 de enero, en medio de la barahúnda de padres y madres que corrían de un lado a otro buscando los últimos regalos. Me lo entregaron metido en una cajita de cartón. Mientras, de vuelta a casa, la sostenía cuidadosamente en la mano, protegiéndola de los vaivenes de la multitud, podía sentir el ligerísimo peso del hámster, palpitante, vivo, dentro de la caja. A veces, deteniéndome un instante, abría la caja y miraba dentro; Tapón, sosteniéndose en las patas traseras, alzaba la cabeza y me devolvía la mirada con curiosidad, con sus ojos negros como cabezas de alfiler.
Ayer, que llegué a casa un poco antes de lo habitual, me acerqué a la jaula para limpiársela y cambiarle el comedero. Como siempre, di unos golpecitos en los barrotes de la puerta y llamé, “Tapón, Tapón“, pero el animal no asomó el hocico fuera de su casita de plástico. Por la diminuta puerta de medio punto pude verlo, completamente inmóvil, vuelto hacia la pared. Hice salir a los niños, que jugaban desprevenidos en la sala; abrí la jaula y, después, levanté el tejadillo azul de la casita. Tapón estaba hecho un ovillo, con los ojos entreabiertos. Se diría dormido, pero al tocarlo se le notaba ya el rigor de la muerte, el frío de la muerte que invadía su cuerpo breve. A juzgar por las apariencias debía de llevar bastantes horas muerto.
Se lo dije a los niños que, sorprendidos, rompieron a llorar con desconsuelo, sobre todo la pequeña, que tanto lo quería, que lo llamaba Tapi, que tanta maña se daba para cogerlo, para traerlo y llevarlo, y con quien el hámster, a su modo simple, parecía encontrarse más a gusto que con nadie. De verles tan conmovidos, su madre y yo nos contagiamos de su tristeza y hasta de su llanto. Los niños son dados al dramatismo y allí mismo le dedicaron a la pequeña mascota muerta (que yo me encargué de ocultar para que no lo vieran de aquel modo) muchas frases desgarradoras y excesivas, a manera de espontánea oración fúnebre por el diminuto amigo perdido. Yo creo que la muerte de Tapón les arrancó ayer a los niños un poco de esa inocencia inmaculada de la infancia que la vida, como a golpes de azada, nos va arrancando a todos. A mi mujer y a mí, además de la tristeza de ver a los niños sufrir, puede que nos embargase una sensación algo más sombría, porque la muerte, aun la muerte de una criatura tan insignificante, es siempre un convidado siniestro en una casa, y el minúsculo cadáver en su casita de plástico manchaba el orden cotidiando de las cosas, de nuestras propias vidas.
Bajé la jaula al garaje y la vacié en una bolsa de plástico, volqué el serrín, el pienso que quedaba en el comedero y también el cuerpo sin vida de Tapón. Por no tenerlo en casa más tiempo del necesario, me puse el abrigo y salí a tirar la bolsa al cubo de la basura. Durante el breve recorrido pude sentir el peso denso y concreto del animal dentro de la bolsa, distinto por completo del peso del serrín y del pienso, tan diferente del peso leve y vital del propio Tapón cuando, apenas unos meses antes, lo llevé a casa desde la pajarería. La conciencia me reprochó un momento no darle al pobre animal un entierro más digno, pero llovía y descarté en seguida enterrarlo en el jardín, donde los gatos de la calle que se nos cuelan en casa todos los días podrían desenterrarlo.
Cuando regresé a casa los niños seguían lloriqueando, pero el llanto de los niños, lo mismo que viene, se va, y al rato estaban ya jugando y riendo. A veces se acordaban, hacían un alto y, mudando el gesto, le dedicaban a Tapón una frase, o un suspiro.
Esta mañana, el hueco que la jaula de Tapón ha dejado en la mesilla baja de la sala destacaba de modo elocuente. Les he prometido a los niños que este fin de semana iremos a la pajarería a comprar otro hámster. Los dos me han pedido que sea diferente, de otro color. “No quiero un Tapón falsificado”, me ha dicho mi hijo, y la tristeza repentinamente recobrada ha puesto en su voz un timbre solemne, impropio de su edad. Decididamente, una parte de su infancia se marchó ayer con Tapón en la bolsa de plástico, entre el pienso y la viruta; a lo mejor es ese el peso que yo sentía mientras la llevaba y que ahora sigue pesándome, denso y concreto, en el alma.
Posted on Viernes, Abril 11 2008
Author: Freelance
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Señor, le acompaño en el sentimiento, mi gerbo murió hace dos semanas, había sido un regalo de cumpleaños, no soy tan niño pero duele igual.
Por eso yo ya no tengo mascotas en casa. Bienvenido de nuevo, Emilio, se te echaba de menos.
Llevo leyendo las cosas de Freelance bastantes años, desde que escribia en “los que quisimos ser escritores” y ahora aquí. Me gustan más sus relatos y sus articulos costumbristas que los políticos pero de todas formas se agradece que los articulos políticos estén bien escritos. Freelance, eres el que mejor escribe de Redliberal con mucha diferencia, no dejes de escribir aunque sea sobre política.